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Diagnósticos a la medida del mercado

DSM-5 y El Universo PSI: ¿Diagnósticos a la medida del mercado?

La próxima edición del Manual de estadísticas y diagnóstico para los desórdenes mentales (DSM-5), biblia de la psiquiatría y psicología cognitiva en los EE.UU., considera al duelo y la rebeldía como enfermedades.

En los Estados Unidos, paraíso de la ciencia aplicada y las tecnologías de punta, nació en 1952 el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM), biblia de la psiquiatría y de la psicología cognitiva que ya lleva cuatro ediciones y una quinta, lista para su venta en mayo de 2013. Sin embargo, el libraco (del cual se prevé una primera tirada de un millón de ejemplares) es noticia casi con un año de anticipación, por razones diversas, entre las más notorias, la «elección» de nuevos trastornos que edición tras edición se suman a un listado que si se quiere es un pésimo remedo del libro de los seres imaginarios al que Jorge Luis Borges durante un tiempo dedicó sus afanes.

Se sabe que el marketing y las estadísticas se asumen como fundamento moral en la llamada democracia del norte, tanto en cuestiones electorales, científicas como culturales. Y que la salud es un insumo, del cual está excluida el 60 por ciento de la población de ese país, que tiene la particularidad de cruzar los tres registros: políticos, científicos y culturales. ¿Cómo ignorar entonces que el duelo, la tristeza que acompaña la pérdida de alguien muy querido será considerada desde el próximo año una «enfermedad», al igual que la rebeldía, bautizada «trastorno de oposición desafiante», si para ambos males también existirán sus correspondientes placebos farmacológicos, esa próspera actividad, casi tanto como el tráfico de armas y de drogas (ilegales)? Sin embargo, versiones del DSM-5 ya están siendo usadas en los centros de salud -de varias partes del mundo- sin haber sido presentado aún en sociedad.

En estos momentos son aproximadamente 300 los trastornos identificados por un grupo de «notables» (médicos, psiquiatras, psiquiatras policías) pero la filtración del duelo y la rebeldía como novísimos «disturbios emocionales» que hizo pública un par de semanas atrás la revista especializada The Lancet, cayó mejor en los laboratorios que entre ciertos profesionales que intentan otro tipo de trabajo en USA, y ni hablar en Europa o América del Sur, que se ha convertido, durante estos años, en una de las cabeceras de playa de la resistencia a la medicalización de la vida que propone el manual. Digámoslo así: el DSM es un instrumento para provocar un cortocircuito entre las pasiones y el fondo de finitud que constituye al viviente: tal cual si fuera una máquina.

Pero el peso del DSM reside en que se ha convertido en una referencia no sólo para médicos (a los que se supone ayuda a establecer diagnósticos) o aseguradoras (que se guían por sus normas), sino para buena parte de la comunidad. En conversación con Ñ digital, el psicoanalista argentino Mario Goldenberg, resultó explícito: «el próximo DSM, elaborado por la Asociación Psiquiátrica Americana, es un forzamiento para patologizar y medicalizar a la comunidad; una nueva reformulación clasificatoria que busca ampliar a través del discurso de la ciencia las enfermedades mentales. Trastornos, disforias, disfunciones. Es decir, intenta, bajo un disfraz de términos científicos, una clasificación de lo inclasificable: el padecimiento».

El manual, considerado toda una institución, tiene su influencia, si se tiene en cuenta, por ejemplo, que hasta 1974 la homosexualidad figuraba en la lista de desórdenes; y que ahora que debate asuntos complicados como la identidad de género en relación con la transexualidad, o la compulsión a las compras o al sexo, en estos casos, «inventos» diagnósticos que han dado lugar a prósperos servicios y a negocios inmobiliarios. La cuestión es compleja, al punto que para evitar presiones -o aceptarlas (de la industria farmacéutica, aseguradoras, jueces, grupos religiosos y políticos)- el equipo asesor fue obligado a firmar una cláusula de confidencialidad, que como indican las filtraciones, no existe. ¿Por qué las filtraciones? La hipótesis más consistente sostiene que las internas entre los psiquiatras alcanzan para que los disidentes vean con alarma el altísimo nivel de medicación a los que se somete a los pacientes.

Psicoanalista también, Osvaldo Arribas dice que «parece ser un hecho que en el afán clasificatorio del DSM de los Estados Unidos no se quiere dejar afuera nada de ‘lo que nos pasa o nos puede pasar’. Este afán clasificatorio, ‘científico’, a cada síntoma un ‘trastorno’, es propio de USA, donde, al mismo tiempo, se rechaza más y más al psicoanálisis. Y un claro ejemplo es Siri Hustvedt, la mujer de Paul Auster, autora de ‘La mujer temblorosa’ y ‘Elegía para un americano’. En el primero, habla de un ataque histérico que la tomó hablando en un homenaje a su padre, hace un recorrido por distintas opiniones científicas y cuenta que siempre le dio pánico… analizarse. En el otro, el protagonista ¡es un analista!».

Nacido en California pero radicado en Gran Bretaña, el lacaniano Darian Leader acaba de publicar -contra la doxa sanitaria- «La moda negra. Duelo, depresión y melancolía» (editorial Sexto Piso): «En este libro argumento que debemos renunciar al concepto de depresión como está enmarcado en la actualidad. En cambio, debemos ver lo que llamamos depresión como un conjunto de síntomas que derivan de historias humanas complejas y siempre distintas. Estas historias involucrarán las experiencias de separación y pérdida (…) Con el propósito de dar sentido a la forma en que hemos respondido a tales experiencias, necesitamos tener las herramientas conceptuales correctas; y éstas, creo, pueden ser encontradas en las viejas nociones de duelo y melancolía», escribe.

Psicoanalista y escritor argentino, radicado en España desde 1976, Gustavo Dessal, se alza contra este dispositivo que piensa al sujeto como un robot: «La matanza perpetrada hace pocos días en Afganistán por un soldado americano perteneciente a la base Lewis-McChord de Seattle, ha hecho saltar el escándalo de los diagnósticos que los psiquiatras militares emplean a la hora de evaluar los trastornos psíquicos de su personal».

«La base, que posee el récord en los Estados Unidos de soldados con suicidios, asesinatos y enfermedades mentales, y el Madigan Army Medical Center, el hospital que funciona en su interior, están siendo investigados por la senadora Patty Murray, presidenta del Comité de Veteranos de Guerra del Senado norteamericano, para determinar, entre otras cosas, las razones por las que se les ha retirado el diagnóstico de ‘trastorno de estrés post-traumático’ a 285 soldados de dicha base que inicialmente habían sido calificados dentro de esa categoría. La razón no ha tardado en aparecer: el Pentágono se ahorra unos cuantos cientos de miles de dólares en tratamientos que debería proporcionar a su personal afectado».

«Lo interesante de esta historia, es que ya no es necesario remontarse a los tiempos de (Josef) Stalin para comprobar el papel que la psiquiatría puede llegar a cumplir como instrumento del poder. Desde hace algunos años, no es novedad que un inmenso sector de la psiquiatría mundial se ha convertido en ‘jardinero fiel’ (para usar el título de la novela de John Le Carré) de los intereses de la industria farmacéutica. El DSM ‘fabrica’ diagnósticos conforme a las necesidades del mercado. En pocas palabras: los laboratorios sacan una droga, y la psiquiatría justifica su empleo creando una categoría diagnóstica ‘ad hoc’».

«Y para redondear el negocio, ¿qué mejor idea que convertir todo en ‘enfermedades’, ‘trastornos’ o ‘desórdenes’? No conformes con eso, los laboratorios han encontrado un nuevo filón: la infancia. ¿Por qué esperar a que el individuo crezca para convertirlo en consumidor de fármacos psiquiátricos, si hay cientos de millones de niños en el mundo que pueden ser clientes inmediatos? Sólo se necesita el concurso de burócratas, técnicos y psiquiatras que comprendan el potencial en juego. El DSM-5 incluye trastornos tales como la ‘rebeldía’ a la autoridad. Los políticos, convertidos en siervos del poder económico global, ven con interés la posibilidad de contar con una medicación, ‘científicamente’ avalada, para corregir desde la infancia todo asomo de cuestionamiento. Mejor prevenir desde que los ciudadanos son pequeños, especialmente ahora que vamos retornando a los índices de explotación y servidumbre de los tiempos de Dickens. Stanislaw Lem, el escritor de ciencia ficción, estaba en lo cierto cuando aseguró que el siglo XIX había sido el de la revolución industrial, el XX el de la revolución tecnológica, y el XXI el de la revolución química. El presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría, el doctor Jerónimo Saiz, está empeñado en promover una campaña para que el gobierno apruebe una ley que permita la administración de un antipsicótico llamado Xeplio, incluso contra la voluntad del paciente. Orwell y Huxley se nos van quedando cortos de imaginación».

Luciano Lutereau no va a menos: «Mi principal observación sobre el DSM es que sólo con torpeza se lo puede reconocer como un manual de diagnóstico, ya que el carácter estático de sus clasificaciones descriptivas desconoce el carácter de proceso que un diagnóstico debe tener para ser preciso. Asimismo, un diagnóstico siempre se hace en función de una orientación de tratamiento; si no, deja de ser operativo y potencialmente se vuelve una herramienta de control social. En tercer lugar, el DSM recae en una predicación sobre el ser del sujeto a partir de la media, cuando el sufrimiento es aquello que escapa a la norma. Aquí no sería desdeñable recordar los trabajos de (Georges) Canguilhem que distinguen norma y normalidad. Pero los usuarios actuales del DSM no sólo ignoran la historia de la medicina, sino que dejaron a un lado lo más básico de la psiquiatría clásica y los conceptos fundamentales de la psicopatología, a favor de una suerte de conductismo farmacológico. Por último, una observación sobre el síntoma: en el DSM, el síntoma es una conducta, un hábito, algo a corregir y no una elección que implica a quien lo padece; por eso aquí las respuestas son correctivas, y no apuestan a la capacidad electiva del ser hablante».

Y Carlos Gustavo Motta explica que «en todas las ediciones del DSM es posible leer su orientación y espíritu. Su primera edición apareció en 1952 y en ella el término reacción reflejaba la influencia psicobiológica de Adolf Meyer, quien descarta la neurosis ubicando, en cambio, trastorno, designándolo como una representación de reacciones de la personalidad frente a factores psicológicos, sociológicos y biológicos. La cuestión confirma la disputa de lo clásico por lo nuevo y aquello que resulta complejo de leer frente a la inmediatez de la filosofía pragmática cognitivista, que no es ni buena ni mala, pero que esgrimida por ciertos profesionales perezosos a la lectura, culmina siendo dañina en sus efectos terapeúticos».

«La clasificación del DSM más que facilitar, complica. A las tres estructuras freudianas, neurosis, psicosis y perversión, se las elimina para establecer una larga lista de afecciones que enumeradas bajo modalidades particulares, concluyen en una encrucijada numérica y fenoménica que bien le cabe en su título de estadístico y que permiten vía libre de acceso a la psicofarmacología incluyendo al sujeto en una cura pret-a-porter, ubicándolo en una profecía autocumplida, excluyéndolo de su dimensión fantasmática. Es tanto el deseo de distribuir el mundo entero según un código que una ley universal regirá el conjunto de los fenómenos: dos hemisferios; cinco continentes; masculino y femenino; animal y vegetal; singular y plural; derecha/izquierda; cuatro estaciones; cinco sentidos, etcétera. Así, el primer ajuste de la denominación en la salud mental del siglo XXI, el postergado DSM-5, comenzará a regir tanto en los fueros judiciales (los informes periciales, por ejemplo, se ajustan a esta característica) como en las mentes brillantes o lo que resulta más inquietante, aquellos profesionales que deben ajustarse a la norma para medicalizar y dejar satisfechas sus almas inquietas, plenas de ‘furor sanandis’».

Silvia Elena Tendlarz dice que «Freud se ocupó de distinguir el duelo normal del patológico. La tristeza forma parte del duelo, del lento recuento de recuerdos que nos permite, recordando, olvidar. De los artistas y su espíritu saturnino, pasando por la melancolía, con el nuevo DSM nos encontramos con una metamorfosis: la tristeza por la pérdida de un ser querido no es la expresión del dolor que posibilita nuevas formas de encuentro sino que ahora es un trastorno, un desorden. Pero lo cierto es que de ese desorden nadie queda a salvo: la vida y la muerte son lados de una única moneda y dan sentido a la vida. Transformar al duelo en una patología que debe ser medicada es impedir dar adiós en el tiempo que cada uno necesita y volver a encontrar en los recuerdos a aquella persona que fue parte de nuestras vidas».

Por si quedara alguna duda, en su viaje a los Estados Unidos Freud no vaciló en decir que el psicoanálisis -en ese «mundo perfecto- podía ser una «peste». Lo que no se imaginó fueron los instrumentos que se dieron los oriundos para inmunizarse.

por Pablo E. Chacón, publicado en Revista Ñ Clarín

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