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El sufrimiento

El sufrimiento es algo que experimentamos a menudo. De hecho, está demostrado que al ser humano le es mucho más fácil experimentar la desgracia que la felicidad.

El sufrimiento nos amenaza insistentemente por tres lados distintos:

  • Desde el propio cuerpo que, condenado a la decadencia y a la aniquilación, emite signos de alarma a través del dolor y la angustia.
  • Desde el mundo exterior, plagado de fuerzas destructoras e implacables de distinto tipo.
  • Finalmente, el sufrimiento interior que emana de las relaciones con otros seres humanos. Quizá, este sea el más doloroso de todos: con frecuencia nos sentimos abandonados, humillados, heridos, no queridos, sentimos que decepcionamos a alguien, o que nos decepcionan a nosotros. Sufrimos porque amamos demasiado, o porque nos aman demasiado.

A lo largo de los siglos el hombre ha recurrido a diversos modos de aplacar o adormecer el sufrimiento. Las grandes distracciones nos hacen relativizar el valor de nuestras miserias,  entre estas tienen su lugar la actividad intelectual o científica. También el trabajo constituye un importante refugio ante los sinsabores de la vida. Las sustancias embriagadoras (alcohol, drogas, etc.), al influir sobre nuestro cuerpo, nos vuelven insensibles al sufrimiento, pero habitualmente se tornan un problema más grave que el padecimiento mismo que se intenta eludir.

El ser humano es, entonces, un ser sufridor; pero este sufrimiento, para cada cual, es algo único e intransferible.

Sufrir por amor o desamor, por estar solo o no poder estarlo, por hablar de más o callar de más. Sufrir por saber o por ignorar, por tener o por perder. Aferrarse a este sufrimiento como si se tratase de un tesoro, sin saber por qué.

Hay un sufrimiento que podemos ubicar dentro de los límites de lo normal y otro sufrimiento que es claramente patológico. Este último es aquel que insiste hasta el absurdo, que no acepta consuelo, se repite y parece no tener fin. Este sufrimiento es necesario tratarlo.

Cuando el sufrir no da tregua; cuando impide sentir alegría, placer o entusiasmo; tener relaciones satisfactorias o vivir una vida plena; entonces, será el momento de hacer de ese sufrimiento un pedido de ayuda, de dirigirlo a un profesional de la psicología.

Alguien preparado para escuchar ese sufrimiento en su singularidad y para conducir al paciente a través de un proceso terapéutico que le permita entender, reducir y transformar ese dolor.

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